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ESTADO MORAL DE LAS FUERZAS ARMADAS (peruanas)...
(Páginas 134 a 141)
El grave y afrentoso militarismo peruano ha tenido penosas repercusiones
morales, sociales y económicas, y ha calado profundamente en la conducta
de no pocos de sus más altos miembros, comprometidos en la trágica
política nacional. Sus comportamientos llegaron a contagiar y desmoralizar
al resto de sus integrantes -desde luego con muy apreciables y apreciadas
excepciones- con las consecuencias desagradables y humillantes sentidas en
los campos de batalla, en las ocasiones en las que el país tuvo que
afrontar conflictos inevitables.
No hay necesidad de reiterar sobre la división de las fuerzas del ejército
desde la época de la guerra con Chile, que la perdieron los propios
militares peruanos en colusión con civiles como Nicolás de Piérola y el
general Miguel Iglesias, entregados por bastardos intereses a los
designios sureños; basta referirnos a lo más reciente, al
conflicto del Cenepa en 1995, durante el detestable gobierno de Fujimori.
Debido a una impensable corrupción instalada en los cuarteles -más tarde
puesta al descubierto en toda su dimensión-,
el Perú
tuvo que sufrir una humillante derrota frente Ecuador,
a punto tal que el gobierno llegó a firmar, postrado de hinojos, un baldón
más como el llamado Tratado de Comercio y Navegación con ese país, en
nombre de una paz artificial sobre la que hay demasiada tela por cortar.
Este tratado fue el resultado de un fracaso no sólo diplomático sino
especialmente militar; un fracaso rotundo en el terreno militar
que originó tal pánico en la población que terminó clamando porque se
firmara cualquier cosa a fin de evitar el exterminio, las mutilaciones de
miembros y la muerte de cientos de soldados peruanos enviados al
sacrificio en condiciones realmente inhumanas. La tragedia a la que fueron
sometidos los soldados peruanos en la Cordillera del Cóndor, carentes de
alimentos, armamentos y medicinas, desprotegidos por no contar ni siquiera
con botas antiminas para enfrentar al enemigo durante la infausta guerra
del Cenepa, es la incuestionable consecuencia del abandono inmisericorde
en que se hallaban las tropas por falta de recursos;
esos que fueron a parar a las nutridas cuentas de los generales, algunos
de los cuales se hallan hoy en la cárcel, otros muertos por suicidios
-productos de la vergüenza- y algunos prófugos.
Resultaron infructuosos los sacrificios de los héroes del Cenepa, de los
muertos en combate, de los que sufrieron mutilaciones y quedaron inválidos
para siempre y que tuvieron que exponerse al desastre anunciado, debido a
la inferioridad de condiciones de todo orden; tan sólo por carencia de
presupuesto para cubrir necesidades castrenses y que vilmente fue a
engrosar los patrimonios de malos generales y de sus entornos familiares.
¿Cómo puede explicarse, por ejemplo, la marcada diferencia entre los pocos
jefes probos que exhiben su pobreza con dignidad, durante y después de su
servicio activo, y los que ostentan fortunas habiendo sido iguales, social
y económicamente? La respuesta es obvia. El militarismo destructor ha
convertido la carrera militar no en motivo de servicio a la patria sino en
trampolín de expectativas, en la vía para llegar a ser prominentes
acaudalados, empresarios con los presupuestos fiscales, con el
narcotráfico, compra de armamentos sobrevaluados, mediante decretos de
urgencia expedidos secretamente, no tanto para mantener arcanas las
adquisiciones bélicas sino para ocultar latrocinios.
Es obvio que las instituciones y toda esa legión de soldados, guardianes
de la patria, no son responsables de los errores que cometen sus
desaprensivos jefes. Éstos -generales, coroneles, almirantes y demás, con
muy especiales excepciones- son los culpables del deterioro y desprestigio
institucional que, al fin y al cabo, terminan por hacerles perder la fe.
Se trata no de errores aislados sino, fundamentalmente, de una conducta
que parece insertada en la idiosincrasia de una sociedad de la que no se
hallan excluidos los militares que, finalmente, son ciudadanos peruanos
con uniforme. Ellos están seriamente contagiados de una conducta
peligrosa, que los conduce a ponerse al servicio de intereses subalternos,
del boato, la concupiscencia y demás ventajas que les da el dinero, por lo
que no trepidan en cometer las más bochornosas operaciones delictivas sólo
para enriquecerse. En este terreno tan diabólico ya no existe diferencia
entre civiles y militares cuando de corrupción se trata; precisamente, el
militarismo consiste en eso, en la asociación del oro y la espada para
intervenir en la vida nacional, no para contribuir al progreso sino para
destruir su moral y su desarrollo.
La tragedia (militar peruana) del Cenepa ha de quedar grabada en la
historia
como la más palmaria demostración del estado moral al que sometieron a las
fuerzas armadas peruanas algunos altos jefes militares con su criminal
conducta, los que sin ningún escrúpulo y simulando patriotismo guardaban
en sus alforjas y en sus cuentas bancarias en el extranjero decenas de
millones de dólares sustraídos a la patria. Lo que resulta más grave
todavía es el desprecio y el olvido a los esforzados soldados a quienes no
se les ha reconocido su sacrificio. Muchos patriotas quedaron convertidos
en minusválidos cuando lograron sobrevivir; otros dejaron en la orfandad a
sus familiares, al haber caído inexorablemente acribillados por las balas
enemigas. Precisamente, la mortandad de soldados peruanos indefensos, el
sobrecogedor espectáculo en las pantallas de televisión, soldados sin
brazos o sin piernas, víctimas inocentes de las minas sembradas por donde
los obligaban a transitar desprotegidos; todo eso sirvió de ablandamiento
en los corazones de las madres y familiares peruanos que clamaban porque
se firmara la paz, a cualquier precio, antes que seguir atestiguando tanto
martirologio. El presidente Fujimori tuvo, entonces, la osadía de sostener
que con la firma del tratado se alejaba la guerra, y se ahorraba el Estado
peruano 500 millones de dólares; mientras que esa cantidad multiplicada,
producto de las irregulares privatizaciones, se esfumaba distribuida en
las cuentas de militares y civiles -entusiastas ladrones de la nación- que
se aprestaban a fugar del país para disfrutar del producto de sus
latrocinios y de sus traiciones.
¿Cuánto costó el conflicto del Cenepa?
Posiblemente muy pocos se han puesto a meditar cuánto costó el conflicto
del Cenepa.
Sólo se sabe de los aviones destruidos, las municiones perdidas, los
muertos, los mutilados y de
que el Perú perdió la guerra;
pero también se conoce a algunos de los altos mandos militares y civiles
del servicio de inteligencia que forjaron fortunas bajo el pretexto de la
guerra, en los contratos secretos de compras de armamentos y hasta en las
ventas de secretos militares.
Parte del incremento de la deuda externa corresponde, sin duda, a los
excesivos gastos en la compra de armamentos sobrevaluados, los que
sirvieron para pagar coimas a los encargados de estos sucios negocios. Las
cuentas corrientes cifradas a nombre de generales que se hallaban en
funciones en aquella época -algunos de ellos purgan condena-, son los
testimonios irrefutables de la conducta de quienes no sólo debieran ser
condenados sino degradados e inhabilitados a perpetuidad para el ejercicio
de funciones públicas. El conflicto en el que el Perú resultó perdedor le
costó mucho dinero al país, pero, también, muchas vidas de soldados
indefensos y muchísimos inválidos que perdieron brazos y piernas, víctimas
del sacrificio al que fueron impuestos. Y mientras estos soldados
indefensos y abandonados sufren sus dramas, los familiares de los
militares que le robaron a la nación y la traicionaron disfrutan del botín
que amasaron aprovechándose de sus cargos jerárquicos y de sus galones. No
será posible, pues, establecer el verdadero coste de una guerra fratricida
en la que la vida de cientos de peruanos mártires no tiene precio, y en la
que resultan impunes los crímenes nefandos cometidos por los que no
cumplieron con la obligación de defender a la patria, y en cambio la
traicionaron y la saquearon.
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